19.3.18

Buscadores de detalles

Hay diferentes formas de empezar, transcurrir y terminar el día. Una de ellas es transformarse en buscadores de detalles, esos que parecen armar una secuencia inesperada cuando los recopilamos al caer el sol.

- Podemos terminar el viernes probando las galletitas que trajimos de un viaje y dejar que el sabor a salted caramel te lleve a cruzar el mar.
- Empezar una mañana de sábado aprendiendo, intentar tomas y combinaciones de elementos para animarse a lograr fotos nuevas.


- Salir a caminar a la tarde y encontrar justo lo que estabas buscando.

- Abrir un pan dulce y trasladarse en el tiempo.
- Mirar 4 capítulos seguidos y reírnos hasta que la madrugada nos encuentre dormidos.
- Despertarse con el aroma de una salsa rica que sólo una persona puede preparar.
- Sentir que ya pasó la tormenta, pero vuelve el frío para disfrutar de las sábanas envolviéndome una y otra vez.

- Disfrutar de la familia, disfrutar del barrio.
- Encontrar un arco iris en la pared.
- Acompañar a una amiga en el final de una aventura y el comienzo de otra. Ser 4 y tener que irse en 4 direcciones distintas como en las películas. Dar los abrazos más sinceros. Confiar en las vueltas de la vida.

Y entonces los logros le ganan a las pesadillas, el amor a los malentendidos, las risas a las preocupaciones, el fluir a la inestabilidad, la vida a la monotonía. Las ganas de escribir a esta hoja en blanco.

Agu Miglio-





17.8.17

La fragancia de los años

Dicen los expertos que el palo de agua florece una o dos veces en su vida, algunos se aventuran a decir que tres veces. Se lo llama “Fragans” porque el perfume es muy intenso e inunda la casa durante los días en que las flores se marchitan. Te embriaga su recuerdo, justo antes de irse, sin que sepas exactamente cuándo va a volver.

El que vive conmigo me acompaña desde que tengo memoria. Me vio ir a la primaria, a la secundaria, a la facultad, al trabajo. Me escuchó cantar cuando nadie escuchaba, me vio llorar cuando nadie veía. Se escondió en el fondo de todas las fotos que están guardadas en las cajas y en los portarretratos.

La primera vez que floreció fue una sorpresa. Buscamos, leímos, parecía surrealista, un viejo conocido transformándose. Sentía que no podía dejar de fotografiarlo porque perdería un instante fundamental. Tomas tímidas, mayormente desenfocadas. Mi antigua Kodak sólo a veces daba en el blanco pero no dejaba de intentarlo. Corría el año 2010 y los pimpollos se veían como en la segunda foto. Después de meses que se mezclaban entre incertidumbre y tristeza, en su despliegue sólo veía un renacer, un mensaje, una vez en la vida.

Pero volvió. Corría el año 2013 y se terminaban las cursadas, las horas de aulas. Los vuelcos emocionales también pueden ser luminosos. Y Ahí estaba otra vez, resurgiendo, cumpliendo con el mandato de los expertos: “sólo florece una o dos veces”. En esta ocasión ya conocía el proceso, cuándo eran rosas, cuándo blancas, cuándo dirigidas, cuándo cansadas. Después de florecer la planta se debilita y tiene que recuperarse, porque lo dio todo para ser su mejor versión. Ya conocía su belleza, así que solamente tenía que esperarla. Las fotos llegaron hacia el final, en su punto cumbre. Lamenté no seguirla desde el principio, pero ya no éramos las mismas.

Hoy les cuento que los que se aventuraron a decir que son tres veces tenían razón. Ya asomaron los nudos blancos entre las hojas, incipientes, mágicos, históricos. Los sentires, las revoluciones, las fotos que estén por venir, los vuelcos y los cambios mejor se los cuento otro día.


Agu Miglio.-

30.4.17

Yo también

"Yo también", a veces significa que cada palabra fue tan perfecta, que alterar su estructura armoniosa con sinónimos y artificios sería un crimen.
"Yo también" es un gracias, por invitarme a vivir este viaje con vos, una aventura de sentir, de descubrir, de imaginar.
"Yo también" quiero recorrer el mundo, visitar corcheas y llenar el pasaporte de segundos congelados en el tiempo.
"Yo también" es crecer, aprender que lo más hermoso fluye como el lápiz sobre el papel cuando las ideas son lo suficientemente valientes para crear mundos nuevos.
"Yo también" quiero abrazarte, hasta que se funda el tiempo en esta dimensión que visitamos.
"Yo también" te escucho, en cada verso resignificado, en cada escena imaginada, en cada uno de los planes que se pasean de un lado a otro del pensamiento para después volver al futuro, al punto exacto donde pertenecen.
"Yo también" entendí nuevas formas de andar el camino, de enfrentar los miedos, de condimentar la vida con la mezcla de especias perfecta.
"Yo también" recorro cada baldosa con tu magia, la guardo en los bolsillos, en las retinas, en la mochila y en el alma.
"Yo también" entendí que no estaba equivocada, que cada variable nos da una vuelta, nos desarma, nos desafía, nos sorprende, nos cambia y entonces sí, nos encuentra.
"Yo también" creo en las casualidades causales, las destinadas, las que escribimos, las que llevan tu nombre.
"Yo también" me contagio de tu energía.
"Yo también"  decido creerte que puedo, que todo es potencial, que todo es aprendizaje.
"Yo también" entendí que es posible trascender el espacio cuando se activa ese puente entre los dos.
"Yo también" me reencontré con los detalles, con las pasiones, con las alegrías, con las certezas.
"Yo también" choqué con las lágrimas, las buenas, las valientes, las inéditas, las que comprendieron que sentir es parte del juego.
"Yo también"  esperé, y dejé que la madrugada me encontrara, sumergida en tu belleza inconsciente.
"Yo también" me escapé con vos, de la rutina, de las dudas, de la bronca, del dolor.
"Yo también" quiero compartir, disfrutar y ganarle a todos los grises que quieran desafiarnos.
"Yo también" conecté, y respiré muy fuerte, cuando supe que podía sentir a flor de piel.
"Yo también" tuve miedo, tantas veces. Pero confié y seguí tu abrazo infinito.
"Yo también" sentí que el mundo era surrealista, cada vez que tus palabras llamaban a la puerta de casa.
"Yo también" dejé que me cuidaras, y rompí las barreras, aunque doliera aprender a caminar descalza.
"Yo también" creo que tenés el don, de hacer desaparecer los fantasmas.
"Yo también" me dejé transformar por tu amor.
"Yo también", quiero decirte, que te amo.

Agu Miglio.-

12.12.16

Crec(s)iente.


No puedo dejar de mirarte. Estiro las puntas de los pies, me aferro a las rejas del balcón, contengo la respiración, 1, 2, 3 y ejecuto otro intento fallido por congelar tu magia. Hace muchos años que no lo hago, porque entendimos que nuestra relación de testigos no necesita evidencia.

No puedo dejar de mirarte. No pude cuando me volví mayor en un abrazo, enfrentando las peores sentencias. Cuando te volviste roja desde mi lugar en el mundo, entre vecinos curiosos. Cuando brillaste gloriosa desde una parada de colectivo mientras el resto de las luces apagadas sucumbían ante la frustración de un apagón.

No puedo dejar de mirarte. Porque sé que tu luz no es prestada, sino un reflejo matemático exacto que te definió para siempre. Presente y ausente. Leal y fría. Cotidiana y misteriosa. Señora de mareas, faro de viajeros, influencia agazapada. Tranquilidad de los que cierran los ojos sabiendo que vas a estar hasta que llegue el relevo. Porque podés sumergirte en el Atlántico, como un juego holográfico orquestado para nosotros los mortales. Porque sé que sos real cuando conectamos, hasta que las pupilas se encandilan y me devuelven a tierra.

No puedo dejar de mirarte. Porque me recordás otra vez que nunca vamos a saber qué hay del otro lado. Porque las mejores palabras se escribieron durante tu guardia. Porque firmaste tantas prosas como instantes, tantos poemas como olvidos.

No puedo dejar de mirarte porque donde sea que estés, yo estoy en casa. Porque vos también me estás mirando. Porque pasan los años y no dejás de ser puente otra vez.

Agu Miglio.-

22.10.15

Kryptonita emocional

¿Cuántas identidades tiene una canción? Nos dicen que tantas como escuchas, pero debo disentir. Esa pila de identidades se ensancha cada vez que hablamos, se extiende en los momentos, en las ausencias, en los cambios, en los sentires, en tu mirada. Pero ¿qué pasa cuando hemos fundado una explicación asociada a fuego con esa sucesión de palabras y acordes? ¿Existe vuelta atrás? ¿Hay solución para este problema tan bien abordado por conceptos denotados y connotados, por condensación y desplazamiento freudiano, por cadenas significantes, signos binarios de laboratorio y tríadas infinitas? Como un batido para el olvido, pero sin desestimar recuerdos. Sólo se trata de mezclar de nuevo las cartas, reconducir y renombrar, sin más pretensiones que matar ese nudo en la garganta. Nadie nos podría culpar de tal crimen.

El 1er paso es descartar las noches. Sus luciérnagas inspiradoras, chispeantes de ideas, seducen hasta abandonar el sueño, sin avisar que sus alas sólo se mantienen en vuelo porque son comandadas por fantasmas. El de la decepción, el del miedo, el de la nostalgia, el del olvido, tan obsesionado con su destino letal que no te deja en paz ni tras sueño profundo. No escuches esa canción de noche y mis palabras habrán tenido sentido.
El 2do paso es reproducirla rodeada de multitudes. Invitalos a escucharla virtualmente, a bailarla, a llorarla, a protestar sus compases, a ignorar su melodía, a hilvanar sus versos. La tristeza nos acerca, nos hace humanos. Hablá, reencauzá conexiones, construí el eje de las miradas. Escuchala en el subte, en la calle, en un café, en un pasillo, en ronda. Pedile inmunidad, dejá de cuidarla, retirala de esos lugares en los que se siente cómoda porque siempre tiene éxito. Liberá el mito: si los demás no pierden  el alma en su ritmo ¿por qué vos si?
El 3er paso es imaginar alternativas, otras razones por las cuales su autor podría haberla compuesto. Como los sabores de helado, puede estar esperando para ser recombinada con nuevos proyectos, luchas, sensaciones y personas. A ella también la desvela agotarse en el instante. Dale la oportunidad a la canción de decir más, de desbordarse.

Si estos tres pasos no funcionaron, sólo nos quedan las únicas dos soluciones que estamos evitando. Una es la adulta: procesar, poner en perspectiva, decirle al pensamiento que si, que no, que ya está, obligarlo a crecer. La otra es la mortal: cambiar de repertorio y vivir el resto de la vida encadenada a esos sintagmas. Kryptonita emocional, en crudo.

Agu Miglio.-











11.10.14

Lo que me enseñó crecer en ascensor (22 lecciones)

Por Sulejman en deviantART
¿Qué te enseñaron las experiencias de la niñez? Las calles de barro, los patios crecidos, las bicicletas inmortales. Yo me perdí  a todos esos maestros y crecí entre adoquines, imaginando que la cama cucheta era mi casa en el árbol. Pero vivir en las alturas de un séptimo piso también me enfrentó a una escuela obligada, intensa, diaria e incapaz de perdonar: el ascensor.

El ascensor me enseñó:

1. Que en el momento menos pensado podés quedarte entre dos pisos, sin poner los pies en tierra, a merced de los grandes.
2. Que viajar solo es para algunos un proceso, para otros una promesa y para los que restan un desvelo.
3. Que si parás en todos los pisos sólo vas a conseguir tardar más en llegar a donde siempre quisiste.
4. Que si otros se apuran y tocan el botón antes que vos, a veces no te va a quedar más remedio que hacerles caso y seguir la corriente.
5. Que si las emociones, las mochilas, los rencores y las bolsas quedan atravesados y son reconocidos por el detector de la puerta, nunca va a dejar que la cierres ni que abras la siguiente.
6. Que si vos no lo llamás no va a venir, si lo llamás apurado te va a ignorar y si lo llamás tranquilo te va a sorprender sereno y libre.
7. Que existen horas pico que dominan, algunas muertas y otras estratégicamente pensadas para recoger la basura.
8. Que podés estar muy cerca de alguien sin que tenga un significado que valga la pena recordar.
9. Que en todos los casos la mejor opción es mirar la botonera, excepto esa vez, en que tendría que haber sido diferente.
10. Que chocar las llaves entre los dedos llena silencios incómodos, te asegura terreno y distrae los nervios.
11. Que es el mejor lugar para hablar del clima, porque es el único en el que realmente no podemos experimentarlo.
12. Que existen vecinos que recuerdan datos eternos y vecinos con caras que no puedo recordar.
13. Que el día en que salgas en medias, ojotas y pantalón de moños te va a estar esperando para ignorarte con una mirada vacía, suficiente materia prima para reconstruir durante una semana.
14. Que primero entran los que llegaron primero, pero primero llegan los que corresponden.
15. Que subir con tres gatos y un perro es una declaración de principios.
16. Que tengo que esperar el siguiente si no quiero ir con vos.
17. Que mirar la puerta de entrada mientras esperamos que llegue el ascensor es casi como sentarse solo en la barra de un bar.
18. Que las puertas que otros no cierran te pueden hacer perder el tiempo.
19. Que accionar la alarma es lo último que hacemos.
20. Que el espejo te choca los cinco, te da un cachetazo antes de salir al mundo y te responde a la vuelta que fue real, que sos un fracaso, que sos ganador.
21. Que cuando las paredes son chicas y el aire escaso, tu voz se escucha más fuerte.
22. Que cuando no funciona, tenés otra opción: una que siempre está ahí cuando no hay luz y sabe que estás preparado para embarrarte, rodar por el pasto y subirte a la bicicleta.

Quizás fue la vida la que me enseñó, yo prefiero creer que fue el ascensor.

Agu Miglio.-

[De la serie: textos de que, de cuando]

22.5.14

Doble filo para los que conjeturan sin preguntar

De repente se dio cuenta de todo. El televisor marcaba el canal incorrecto, uno de los que forma parte de la seguidilla de señales fantasma de Cablevisión. Ubicó un plato en el microondas y las ondas electromagnéticas frieron una historia que hasta hace 5 minutos estaba desordenada.


Entonces supo cuándo fue que empezaste a pensar diferente.
Cuándo fue que se confundieron sus pasos con los tuyos.
Cuándo fue que te animaste a liberar palabras en terrenos desconocidos.
Cuándo fue que resurgieron los dichos.
Cuándo fue que las medialunas dejaron de ser sólo medialunas.
Cuándo fue que el tiempo empezó a transcurrir entre vistazos.
Cuándo fue que le ganaron las circunstancias.
Cuándo fue que te dejó un café pendiente.
Cuándo fue que la verdad cotidiana no alcanzó para decirte qué le sacaba el sueño.
Cuándo fue que te cansaste.

Cuando la confusión se transformó en espera. La espera en vacío. Este texto en testamento.
La noche en una montaña rusa inmensa.

Mientras sacaba el plato del microondas tuvo un momento de lucidez. Y muchas ganas de explicarte que valió la pena, que no quiso, que debería, que tenían.
Sólo entonces, recordó el negativo en blanco y negro de esta historia y supo ver que todo lo que había analizado tenía fundadas razones para ser diametralmente distinto. Porque siempre fue hábil inventando cuentos, repasando indicios a su manera y redactando razones para no dormir.

Entonces supo cuándo fue que sus pensamientos se volvieron comerciales: siempre iguales, pero con ese sabor a distinto que nos venden los canales de aire.
Cuándo fue que se chocaron, a las 10:45 porque se retrasó el colectivo anterior y no quedó otra opción.
Cuándo fue que una anécdota te transformó en superhéroe, frágil como la memoria.
Cuando fue que te enfocó, como un enigma de medio tiempo.

Cuándo fue que pasaste de un cortado a un ristretto sin saber por qué.
Cuándo fue que perdió cientos de horas intentando averiguarlo.
Cuándo fue que le ganaron los sueños despiertos.
Cuándo fue que perdió una oportunidad.
Cuándo fue que hablaron sobre lluvias, calles y muebles, evitando todo lo importante, quedando tan lejos de su esencia que hasta hizo frío.
Cuándo fue que la ignoró.

Volvió al principio. Donde las casualidades sí existen. Y los textos son anónimos.
Como este.

Se entregó a la dramática locura del que conjetura para no preguntar.

Agu Miglio.-

[De la serie: textos de que, de cuando]

10.2.14

Marea y rescata.

Imaginar es poderoso. Por eso, cada vez que apagamos las luces y dejamos la música sonando antes de irnos a dormir, tenemos que tener mucho cuidado al empezar a tejer historias en el techo. 

Nadie va a espiarte las retinas, a escuchar las frases que no pronuncies ni a adivinar las escenografías, los guiones y los viajes que se dibujen entre el ventilador y la rendija de luz que llega directo desde el negocio de alfombras de la esquina y se filtra a través de la persiana, reflejando de forma perpendicular en la pintura amarilla.

Pero tenés que aprender a vivir con esas nebulosas que creaste. Tenés que acostumbrarte a que te envuelvan mientras bajás la escalera, a que se lleven tu sentido de la orientación en el instante en que te sentís ahogado en el colectivo, a que te sorprendan sonriendo en pleno Centro con los instintos en blanco. A que te mareen y te rescaten.

Todos tenemos nuestra nebulosa preferida, sólo que esta noche tuve miedo de invocarla.
Se volvió tan mágica, tan alocadamente posible, tan lejana y tan necesaria, que duele.

Agu Miglio.-

2.9.13

Llorar es mainstream

“Dale, exteriorizalo, sacátelo de encima, llorá y dejá que se vaya”. Tenés que hacerlo, sentís una presión fuerte en el pecho, se aflojan los brazos y las piernas mientras toda la tensión se escapa a la garganta y trepa por la nariz, saltando entre los pómulos hasta llegar a los ojos. 

Ya podés cumplir con el mandato emocional y cinematográfico: una mujer independiente llora orgullosa cuando tiene que hacerlo. Pero no sale, no te sale, ni en esto tenés éxito. El más irónico de los deberes personales. 

Te encerrás en el baño de la oficina, te mirás al espejo, escuchás la serie de acordes más deprimentes, recuperás álbumes de fotos infalibles capaces de inclinar la balanza hacia los puntos cardinales más oscuros,  pero no sale, no te sale. Y el reloj sigue corriendo.

Pero hay algunas emociones que no nacieron para transformarse en lágrimas. Son mezzo-soprano, atrapadas entre soprano y contralto, virtuosas y únicas. Viven entre el cuello de la camisa e intentan convencerte al oído de la magnitud de su condición desgraciada. Pero no sale, no les sale. Porque aunque se esfuercen, no son tan importantes, y como bien sabemos, la indiferencia desdibuja otros dolores. Su incomodidad es la tuya, un sentir que se razona pasajero y sabe disfrutar de una estadía a prueba de inundaciones.

Llorar es mainstream. Una mujer independiente sabe distinguir las lágrimas espontáneas y aceptar los desencantos mezzo-soprano, como lo que son.

Agu Miglio.-

21.5.13

De redes y enunciatarios

Aunque haya fluido naturalmente del maravilloso torrente de tu personalidad digital espontáneamente construida, lo escribís pensando en el lector ideal. Los que no duermen, los que vuelan, los que riman, los que escuchan, los que crean, los fugaces, los perseverantes, los bizarros, los filósofos, los que se esconden y los que se muestran, los que forman parte, los que curan: contenido y heridas. Y entonces puede suceder que los números en rojo y las menciones emplumadas nos sorprendan con nombres nuevos o que vuelva la temporada de sequía y silencio, para recordarte que todas tus suposiciones son falsables. Seguiremos dibujando enunciatarios, porque no es posible dar puntada sin hilo. Seguiré creando enunciadores, para no tener que ser yo la que escriba que te extraño.

.-

29.4.13

Urgencia onírica (o cómo registrar un sueño dormida)


Algunos recordamos los sueños, otros los olvidamos. A veces pensamos que están claros, hasta que pasan dos horas y se esfuman. En algunas ocasiones creemos que nos cambiaron la vida, pero la frágil memoria sabe más de prioridades que el corazón. Hoy me levanté aturdida, y aunque me pesaban los párpados hice un experimento: escribí lo que soñé, cual telegrama. Como lo sospeché, ahora lo releo y recuerdo apenas la mitad de lo que dejé en mi bloc de notas al atardecer. Decía así:

Al borde del río. En un auto, pero lancha. Se empieza a distorsionar. Caen las lanchas. como en un videojuego.
Una por el costado, la otra se hunde, casi chocamos por debajo, chorros que perforaban las cubiertas, levantamos una mujer del agua. Seguimos contra los obstáculos.
Hasta que zafamos, nos calmamos, volvemos.
Todo a la vera del río con la luna como reflector.
Y entonces se transforma en una sala de cine.
Todos los presentes de traje, blanco y negro.
Es un bar con mesitas, y hay un sector para el DJ.
La película se emite en una pantalla rectangular, de las chicas.
El director tiene bigote, está conforme, rueda con su cámara a la izquierda.
Al fondo las mesas, adelante nosotros, los de traje (porque no somos nosotros cuando soñamos) viendo que al final, todo salió bien.
A la derecha atrás debiera estar el rio, pero no sé dónde está.
Todos nos sacamos una foto, pero debió ser panorámica, somos demasiados.

Así escribo cuando estoy dormida. La urgencia onírica le ganó a los adornos.

Agu Miglio.-

14.4.13

Playback

Hago playback. Varias veces. A todas horas. Pero no hay música, sólo el sonido seco de mi voz haciendo eco de oído a oído. Hablo y no se escucha. Te hablo y no me escuchás.

Igualmente, todo tiene sentido: de la misma forma en que los artistas mueven sus labios al compás de versos grabados con alma electrónica, guardando sus cuerdas vocales para los afortunados que puedan pagar por su puesta en acción, yo converso en silencio y te cuento todo lo que nunca te digo. Imagino tus respuestas, recojo información y me preparo como un buen interlocutor.

Hago playback porque las charlas reales no siempre saben estar a la altura de las circunstancias.
Hago playback porque no hay nada como inventar historias sobre aquellas historias que no pueden inventarse.
Y sé que vos también, hacés playback, pero no querés cortar la racha y escapar del anonimato para escribirlo.
Hoy canté, en una hoja en blanco, para recordar mi voz.

Agu Miglio.-



19.2.13

Magdalena recorrió el Sur

Un paquete de magdalenas. En un kiosko. En una de las calles más tranquilas del centro de Calafate. Al día siguiente nos esperaba una travesía larguísima e impactante, y sabíamos que íbamos a necesitar provisiones, así que lo compramos después de mirar la góndola por un rato. Hacía tan sólo unas horas que un vuelo muy corto nos había llevado desde el frío y la paz de Ushuaia con sus mejillas rosadas, hasta la ciudad de los glaciares.
Con los bollitos de vainilla asegurados continuamos el camino. Botas de trekking alquiladas golpeaban la pierna derecha, un borcego en la izquierda (pero esa es otra historia), la polera descansando porque el cambio de provincia se había encargado de sumar puntos en la temperatura.


Caminamos para el lado incorrecto, pero ¿hay direcciones incorrectas cuando apenas descubrimos los rincones que no conocemos? Dimos vueltas y volvimos a empezar, empapándonos de nuevas calles. Se asomó la costanera con su nombre presidencial y al fin vimos Bahía Redonda: ventosa como todas las costas, la gloria para dos porteñas que se escapan de los treinta y tantos grados de la llanura. Nos sentamos y las bolsas amenazaron con escapar, soñamos con un mate, pensamos que no hay mejor magia que descubrir que una ciudad puede ser desierto, centro bonaerense, artesanías de colores y hielos majestuosos, todo por el precio de una.


Esa noche el paquete se quedó en la repisa. El televisor a la izquierda, la mesa a la derecha. A la mañana nos quedamos dormidas, corrimos, lo guardamos sorpresivamente sin contarle a dónde iba. Una combi. Después un micro más grande. Las mismas palabras en español y en inglés. Escuchó que llegaba a la Curva de los Suspiros, se cayó cuando liberamos la cámara de su encierro. Había algo a lo lejos, pero todo iba a seguir oscuro. Más rutas hasta el puerto “Bajo las sombras” y los baches se transformaron en pequeñas olas que se deslizaron sobre el Lago Argentino.


Te esperaba un largo camino en la mochila. La altitud aumentaba. Estuvimos una hora subiendo la montaña, senderos angostos y una vista blanca y helada hacia el costado que sabía llevarse todo el oxígeno. Tras una diminuta avalancha de piedras y el paso por más y más curvas, un caramelo de dulce de leche calmando el pulso acelerado anunció que habíamos llegado. Las zapatillas ya no alcanzaban, las púas se adherían al hielo y avanzábamos: hacia arriba, hacia abajo y a través de las grietas. Pasaron ¿4 horas? ¿5 horas? Sólo podemos decir que jamás en la vida vimos algo igual. Y él tampoco.


Después de superar una zona escarpada, la paz helada e interminable nos invitó a sentarnos porque era la hora de comer. Abrimos el paquete sentadas en un rincón sobre la superficie del Perito Moreno, los dedos se liberaron de los guantes y retiraron el envoltorio para dar lugar a la masa esponjosa ¡Qué lejos habías llegado! Y no había terminado ahí, te esperaba el camino inverso, exactamente igual, hasta la repisa en la que dormiste aquella noche.


Descansamos. Y volviste a la mochila, después de un desayuno fugaz. Más rutas y otro barco: pero esta vez nos quedábamos sobre el agua. Esperaste paciente en el asiento. Recorrimos la ciudad de hielo durante horas. Los castillos helados superaban los pequeños témpanos que iniciaron la navegación y cada nuevo glaciar nos recordaba, desde la cubierta, que esas imágenes casi imposibles estaban realmente ahí. Nos salvaste la tarde, una vez más, pero eras rendidor y aún te faltaba mucho. La tercera noche te dejamos en el hotel y volvimos con más charlas que no te contamos.


Volvió a salir el sol (que recién se había escondido a las 10 de la noche del día anterior), te quedaste en la recepción del hotel mientras conocíamos el bar más hermoso de la zona. Te pido perdón, mi fiel acompañante. También te debo una disculpa, porque a las 16 hs decidí que era mejor embarcar la mochila y cruzaste fronteras por aire desde la bodega, esas mismas líneas que nos mostraba Google Maps pero en tiempo real. Te traje hasta Ezeiza y el calor se durmió en el plástico.


Hace unas horas se acabó el paquete junto a un vaso de leche fría. Mientras sentía el sabor pensé que después de todo no se trataba de una magdalena común. Había estado en mi mochila todo el tiempo y sin buscarlo, había recorrido alturas y kilómetros. Muchas de ellas sueñan con las frases de Proust: ser damas del tiempo, emperatrices del recuerdo, dueñas de nuestra conciencia y guardianas de los grandes momentos. Pienso que tiene un gran mérito, y aunque su historia no haya sido publicada en unos cuantos idiomas, ni filmada cual travesía en “Coffee & TV”, sí se merece algunos párrafos. Después de todo, Magdalena, recorrió el sur.


Agu Miglio.-

16.12.12

El arte de evitarse


Esta imagen creada por Lyona me recordó un texto perdido que escribí una madrugada del 2010.

"Ellos son artistas, dueños de un talento milenario. Capaces de dominar las leyes del espacio y el tiempo, saben predecir cada movimiento de forma inconsciente. Se camuflan en los pasillos, se pierden entre la multitud, se callan y se esconden.

Es entonces cuando las estrellas deciden ponerlos a prueba. Las circunstancias se acomodan y se agota la reserva de coincidencias. Comparten siete baldosas durante diez segundos. Y con la misma naturalidad con la que podrían intercambiar párrafos amoldados, con la misma cadencia con la que podrían rozar sus labios, con el mismo desparpajo con el que podrían herirse, optan por analizar las grietas del suelo.
Se alejan y toman caminos distintos, se escapan dando rienda suelta a aquella sensación instintiva que parece pedirles que aceleren el paso. Ambos se esfuerzan, toman todos los recaudos posibles.

Ellos huyen del fantasma de la casualidad, llevan consigo una herencia precisa y demoledora. 
Ellos, tienen el arte de evitarse"

Agu Miglio.-

10.12.12

Simulacro de un cliché hollywoodense



Existe un cliché hollywoodense que me encanta.

Después de un gran desarrollo argumental que consumimos (casi) sin sorpresas, llega el momento clave. El personaje principal pasó una hora y media construyendo su pirámide a base de prioridades, intereses y reacciones, sabemos exactamente cómo piensa pero también estamos seguros de que va a destruirlo cuando estemos a punto de terminar los pochoclos. Los actores de reparto hacen un análisis repentino de la situación, se descubren los secretos clave o simplemente el protagonista se estrella contra un poste enfrente de un supermercado. Entonces, abre los ojos, pestañea con dificultad, intenta hablar pero no puede, empieza a caminar muy rápido u opta por manejar a toda velocidad peinando la ruta, sabiendo que tiene un destino: no sabemos dónde, pero siempre es arriesgado, decisivo e implica un pequeño discurso, una firma, un abrazo, un cierre. Todo al compás de la mejor canción, aquella que destaca en la banda sonora, porque todas sus corcheas te empujan, te dicen que dejes de ser una ameba ficcional.

Los seres mortales que no vivimos en pantalla también nos damos cuenta de muchas cosas, pero preferimos consultarlo con nuestra conciencia a la madrugada, esconderlo debajo de la cama o tomar alguna decisión tibia y burocrática.

En mi fábrica cinematográfica personal, mi álter ego se entera y empieza a correr muy fuerte, bajo la lluvia, mientras suena esta canción.

Suspicious Minds by Elvis Presley on Grooveshark

Hoy simplemente lo escribo. Y sigo acumulando simulacros.

Agu Miglio.-

4.8.12

#jidd Magia IFTTT



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20.5.12

Sequía

Te alejás más y se me escapa entre las manos como el agua. Pondría cientos de baldes, vasos, tazas y dedales para detener la tragedia. Pero mis palabras están repletas de ranuras, plagadas de pequeñísimos poros incapaces de contener los sonidos, los trazos, las horas. Así fue como los silencios vaciaron los cajones, despejaron el escritorio, guardaron dos tazas apiladas en el fondo de la alacena, cancelaron el contrato de alquiler que figuraba en la etiqueta de la almohada, enmudecieron la pared del pasillo, cambiaron las frecuencias personalizadas de la radio y dejaron la llave en la repisa. Se disculparon con ella, ya que vendrían temporadas de encierro: perder su dueño fue perder su libertad. Una potencial nota en la cocina prefirió teñirse de blanco. Un sonido agudo invadió los tímpanos, como años atrás, cuando nos deslizábamos hasta tocar el fondo de la pileta y sentíamos el chirrido en las profundidades, que nos recordaba que éramos humanos, tan reales y ajenos.
Así, el agua terminó de caer. Apenas las paredes del departamento parecieron ampliarse, dolió la garganta. 
Y se deshidrató el alma. 

Agu Miglio.-

25.12.11

5 de diciembre

Tratás de guardar el perfume en pequeñas dosis. Sostenés el aliento y se acelera el corazón. Así, la fragancia recorre y modela una extensa serie de pensamientos catalogados diligentemente. Vale la pena respirar tres veces porque esta noche no se repite, suena a muchas y a ninguna, brilla tan fuerte que tienta la gravedad del hastío y eriza unas cuantas líneas, mudas, congeladas. Cruje la madera, el cielo se tiñe de azul marino. Amanece y yo duermo, confirmando una vez más que mi alma vive a destiempo.

[Hoy es una noche perfumada. Abran las ventanas señores.]

Agu Miglio.-

(2 días antes)


29.5.11

Palabras clave

Porque nos reinventamos. Nos buscamos. Nos repetimos. Y nos reencontramos.
Porque en ese ir y volver, no olvido llevar mis palabras clave en el bolsillo.




Agu Miglio.-

21.4.11

Jugar a no perder

Dejó que la música la mareara, porque así se sentía segura, dedicándole líneas a aquello que no existe, sagrado entre todo lo que puede realizarse.

Y no se va a arriesgar, nunca. Porque le gusta jugar.

No, le gusta imaginar cómo se siente jugar. Llenarse las venas con aquella dulce sensación y poder volver al inicio sin perder en el camino. Un perpetuo ensayo con destino incierto.

Un éxito inconcluso.
Un fracaso encubierto.


Agu Miglio.-



[
Descubriendo la cotidianidad.
Reflejando
su magia en cada trazo.
El
arte color vainilla. ]